sábado, 15 de octubre de 2016

¿Cómo fue la conversión de san Pablo?

La caída sin caballo
La conversión más famosa de la historia es, sin duda, la de san Pablo. Cómo fueron los detalles de aquél hecho lo sabemos gracias a san Lucas, que lo inmortalizó en un conmovedor relato conservado en Los Hechos de los Apóstoles.
Cuenta este libro que Pablo era un joven y fogoso judío, llamado entonces Saúl, y que observaba con preocupación cómo se expandía en Jerusalén el cristianismo, que él consideraba una secta peligrosa. Resolvió, por lo tanto, combatirlo y no descansar hasta aniquilarlo por completo.
Cierto día decidió viajar a Damasco con una autorización especial para encarcelar a todos los cristianos que encontrara en esa ciudad. Damasco distaba unos 230 kilómetros de Jerusalén y era una de las ciudades más antiguas del mundo, en la que habitaba una importante comunidad cristiana. El viaje debió de haberle llevado a Pablo y a sus compañeros alrededor de una semana.
De pronto, y casi ya en las puertas de la ciudad, una poderosa luz lo envolvió y lo tiró por tierra. (Conviene aquí recordar que los viajes en esa época se hacían a pie, por lo que la famosa imagen de Pablo cayendo “del caballo” que tanto hemos visto en cuadros y pinturas, no corresponde a la realidad). Entonces oyó una voz que le decía: “Saúl, Saúl, ¿por qué me persigues?” Pablo respondió: “¿Quién eres, Señor?” La voz le contestó: “Yo soy Jesús, a quien tú persigues. Levántate y entra en la ciudad. Allí se te indicará lo que tienes que hacer”.

Luz para el ciego
Pablo se levantó, y comprobó que no veía nada. Entonces con la ayuda de sus compañeros pudo ingresar en la ciudad. Así, aquél que había querido entrar en Damasco hecho una furia, arrasando y acabando con cuantos cristianos encontrara, debió entrar llevado de la mano, ciego e impotente como un niño.
En Damasco se alojó en la casa de un tal Judas, y permaneció allí tres días ciego, sin comer y sin beber. Hasta que se presentó en la casa un hombre llamado Ananías y le dijo: “Saúl, hermano, el Señor Jesús que se te apareció en el camino por donde venías, me ha enviado para que recuperes la vista y quedes lleno del Espíritu Santo”. Entonces le impuso las manos, y al instante cayeron de sus ojos una especie de escamas y recuperó la vista.
A partir de ese momento Pablo fue otra persona. Un cambio impresionante sucedió en él. Ananías lo bautizó, le explicó quién era Jesús, lo introdujo en la comunidad local, lo instruyó en la doctrina cristiana y lo mandó a predicar el evangelio.
De este modo Pablo conoció el cristianismo, y llegó a ser miembro de la Iglesia a la que en un principio combatía.
Sin contar las intimidades
Ahora bien, resulta curioso que este relato tan detallado del libro de los Hechos no coincida con la versión que el propio Pablo da en sus cartas.
En primer lugar, en ninguna escrito suyo Pablo cuenta a nadie lo que experimentó aquél día camino a Damasco. Ni siquiera a los Gálatas, los cuales habían puesto en duda su apostolado, y para los que hubiera sido un excelente argumento contarles ese suceso extraordinario. Sólo menciona su conversión de pasada (Gal 1,15).

Y cuando en otras partes cuenta sus visiones y revelaciones lo hace en tercera persona (“Sé de un hombre...”; 2 Cor 12,2), como si no le gustara hablar de ese tema ni a sus más íntimos. En cambio en los Hechos Pablo aparece divulgándolo varias veces, con toda libertad, y una vez nada menos que ante una verdadera multitud de gente desconocida (Hch 22). ¿Es éste el mismo Pablo de las cartas?
En segundo lugar, los Hechos no dicen que Pablo haya visto a Jesús. Cuentan que sólo “vio una luz venida del cielo” y “oyó una voz” que le hablaba (9,3-4). En cambio Pablo en sus cartas asegura, aunque sin entrar en detalles, haber visto ese día personalmente a Jesús. A los corintios les advierte: “¿Acaso no he visto yo a Jesús, Señor nuestro?” (1 Cor 9,1). Y también: “Se le apareció a Cefas y a los Doce... y finalmente se me apareció también a mí” (1 Cor 15,8).

¿Conversión o vocación?
En tercer lugar, Pablo asegura haber recibido tanto su vocación como el evangelio que predicaba, directamente de Dios, sin intermediario alguno. En sus cartas afirma: “Pablo, apóstol, no de parte de los hombres ni por medio de hombre alguno, sino por Jesucristo” (Gal 1,1). Y dice: “Les cuento, hermanos, que el evangelio que les anuncio no es cosa de hombres; pues yo no lo recibí ni aprendí de hombre alguno sino por revelación de Jesucristo” (1,11). En cambio en Hechos se dice que fue Ananías quien explicó a Pablo el significado de la luz que lo envolvió, y quien le enseñó la doctrina cristiana (9,6-19).
Hay otras diferencias entre la versión de Los Hechos de los Apóstoles y la de Pablo. Por ejemplo, Hechos presenta la experiencia de Damasco como una “conversión”; en cambio Pablo nunca dice que se haya convertido, sino que habla de su “vocación” (Gal 1,15). Hechos dice que su conversión estuvo acompañada de fenómenos externos (una luz celestial, una voz misteriosa, la caída al suelo, la ceguera); en cambio Pablo nunca menciona tales fenómenos exteriores fantásticos, sino más bien sostiene que la revelación que él tuvo fue una experiencia interior (Gal 1,16).
¿Cómo se explican estas diferencias? ¿Por qué Lucas parece no ajustarse a lo que Pablo señala en sus cartas? Para responder a esto debemos tener en cuenta la intención de los Hechos de los Apóstoles.

Como un militar griego
Lucas, al momento de componer su libro, conocía una tradición que contaba que Pablo, camino a Damasco, había vivido cierta experiencia especial, y que un tal Ananías había desempeñado un papel importante en ella. Y con estos datos compuso un relato siguiendo el esquema de las llamadas “leyendas de conversión”.
¿Qué eran las “leyendas de conversión”?. Eran narraciones estereotipadas en las que se mostraba cómo a algún personaje, enemigo de Dios, se le manifestaba éste con señales extraordinarias y terminaba convirtiéndolo.
Un ejemplo de ellas es la conversión de Heliodoro, relatada en el 2º libro de los Macabeos. Cuenta esta leyenda que Heliodoro, ministro del rey Seleuco IV de Siria, en su persecución contra los judíos intentó saquear el tesoro del Templo de Jerusalén. Cuando estaba a punto de lograrlo, Dios se le apareció en una impresionante manifestación. Heliodoro cayó al suelo envuelto en una ceguera total, mientras sus compañeros presentían lo sucedido sin poder reaccionar. Al final Heliodoro, que había entrado al Templo con tanta soberbia, debió ser sacado en una camilla mudo e impedido. Luego de varios días, y gracias a la intervención de un judío, el ministro recuperó sus fuerzas, se convirtió y recibió la misión de anunciar en todas partes la grandeza de Dios (2 Mac 3).

Tres veces lo mismo
Existen muchas otras leyendas judías que cuentan de idéntico modo la conversión de algún personaje enemigo de Dios. Por lo tanto, no debemos tomar los detalles de la conversión de san Pablo como históricos, sino más bien como parte de un género literario convencional.

¿Y por qué a Lucas le importaba tanto de la conversión de san Pablo, al punto tal de no sólo ampliarla en detalles sino de repetirla ¡nada menos que tres veces! (9,3-19; 22,6-16 y 26,12-18)? ¿Por qué contar tres veces lo mismo, en un libro como los Hechos que se caracteriza por la sobriedad y economía de detalles narrativos, y cuando otros episodios más importantes, como el de Pentecostés, aparecen una sola vez?

Porque Lucas, a lo largo de todo su libro, intenta mostrar cómo se cumple una profecía de Jesús: que la Palabra de Dios se extenderá por todo el mundo de aquel entonces. En efecto, al principio, Jesús se les aparece a los apóstoles y les dice: “El Espíritu Santo vendrá sobre ustedes, y serán mis testigos en Jerusalén, en toda Judea y Samaria, hasta los confines de la tierra” (1,8). ¿Y cuál era en aquel entonces “los confines de la tierra”? Era precisamente Roma, la capital del Imperio. Por lo tanto su objetivo es mostrar cómo la Palabra de Dios llega justamente hasta Roma.

La profecía que cumplir
Pero Lucas no sabía de ninguno de los doce apóstoles que haya llegado hasta Roma. Pedro, la cabeza del grupo, nunca sale más allá de Judea y Samaria. Juan, compañero de Pedro, tampoco viaja más que hasta Samaria. Santiago el Mayor es asesinado temprano. Santiago el Menor no se mueve de Jerusalén. Matías, elegido en lugar de Judas, desaparece inmediatamente después de su elección. De los demás apóstoles no hay ni noticias. ¿Cómo mostrar que la profecía de Cristo se cumple y que la Iglesia llega “hasta los confines de la tierra”?
La solución fue hacer recaer sobre Pablo el cumplimiento de esta misión. Pero el problema estaba en que Pablo no era un verdadero apóstol. Porque para Lucas “apóstol” era el que había conocido personalmente a Jesús, y había recibido de él la misión de anunciar el evangelio (Hch 1,21-26), cosa que no había sucedido con Pablo.
Entonces para explicar por qué Pablo es el que cumple la misión de llegar a Roma, encargada en realidad a los apóstoles, Lucas lo muestra recibiendo del propio Jesús este encargo en el camino de Damasco. Y lo repite tres veces a lo largo del libro, mientras va camino a Roma, como para que no queden dudas.

El arte expositor de Lucas
Ahora bien, Lucas sabe que no puede contar tres veces lo mismo, de la misma manera. Hubiera sido terriblemente aburrido y su libro hubiera perdido fuerza y convicción. Entonces, con habilidad extraordinaria, presentó sus tres narraciones de maneras diferentes.
Por eso, si comparamos los tres relatos de la conversión de Pablo, encontraremos que el autor fue haciendo cambios entre ellos, presentándolos en forma gradual.
Así, sobre la luminosidad que envolvió a Pablo, el primer relato dice “una luz del cielo” (9,3). El segundo, “una gran luz” (22,6). Y el tercero, “una luz más luminosa que el sol” (26,13).
El primer relato no dice a qué hora fue aquella luz. Pero el segundo aclara que fue “cerca del mediodía”, lo cual resalta el esplendor luminoso. Y el tercero ya dice “en pleno mediodía”, mostrando cómo el brillo de la luz superaba al sol cuando éste brilla con mayor fuerza.
En el primero y en el segundo relato dice que la luz envolvió sólo a Pablo (9,3 y 22,6). En el tercero dice que la luz envolvió también a “todos sus compañeros” (26,13).

¿De pie o caídos?
También las persecuciones que realizaba Pablo antes de convertirse aparecen descritas con esta técnica de graduación. El primero dice que Pablo a los cristianos los “conducía a la cárcel” (8,3). El segundo agrega que los “perseguía a muerte” (22,4). Y el tercero, que los metía en la cárcel, los torturaba para que renunciaran a su fe cristiana, los perseguía hasta en ciudades extranjeras, y cuando eran condenados a muerte él contribuía con su voto (26,10-11).
Lo mismo ocurre con la misión encomendada a Pablo. El primer relato sólo anticipa que Pablo llevará “el nombre de Cristo ante los gentiles, los reyes y los judíos” (9,15). En el segundo ya aparece enviado, pero sin aclarar cómo será su misión (22,15). En el tercero Pablo no sólo es enviado sino que se especifica los detalles de su misión (26,16-18).
Sin importarle que aparezcan como contradictorios, Lucas también cambia otros detalles para hacer más variada su exposición. Así, el primer relato dice que los compañeros de Pablo oyeron la voz pero no vieron la luz (9,7). El segundo dice que vieron la luz pero no oyeron la voz (22,9). Y el tercero, que ni vieron ni oyeron nada.
De igual manera sucede con el efecto de la conmoción. La primera vez dice que Pablo cayó al suelo y sus compañeros quedaron de pie (9,7). Pero e otra parte dice que ellos cayeron al suelo con Pablo (26,14). Se trata de simples técnicas de variación sin importancia histórica alguna.


Un diálogo conocido
Hay un único elemento que se mantiene igual y que no fue cambiado en ninguno de los tres relatos: el diálogo entre Pablo y Cristo en el momento de la aparición. ¿Por qué fue conservado este diálogo con tanto cuidado? ¿Porque sí reflejaba, quizás, una conversación real entre Jesús y el apóstol?
Hoy los biblistas sostienen que se trata de un diálogo también artificial, muy común en el Antiguo Testamento, llamado “diálogo de aparición”. Los escritores sagrados lo emplean cada vez que quieren contar la aparición de Dios o de un ángel a alguna persona.
El “diálogo de aparición” consta normalmente de cuatro elementos: a)la doble mención del nombre de la persona (¡Saúl, Saúl!); b)una breve pregunta del personaje (¿Quién eres, Señor?); c)la autopresentación del Señor (Yo soy Jesús, a quien tú persigues); y d)un encargo (Levántate y vete).
Este mismo “diálogo” lo tenemos, por ejemplo, cuando el ángel le encarga a Jacob regresar a su patria (Gn 31,11-13); cuando Dios autoriza a Jacob a bajar a Egipto (Gn 46,2-3); en la vocación de Moisés (Ex 3,2-10); en el sacrifico de Isaac (Gn 22,1-2); en la vocación de Samuel (1 Sm 3,4-14).
Utilizando este “diálogo” artificial, empleado oficialmente para estas ocasiones, Lucas quiso decir a sus lectores que Pablo realmente había conversado con Jesucristo camino a Damasco, y que no había sido una mera alucinación.

Pablo y nosotros
Siempre nos han resultado lejanos y misteriosos los personajes bíblicos, precisamente porque aparecen viviendo experiencias extrañas y especialísimas, que ningún cristiano normal vive hoy en día.
También Pablo, en cierto momento de su vida, experimentó un encuentro íntimo y especial con Jesús, que lo llevó a abandonar todo y a centrar su existencia únicamente en Cristo Resucitado. Fue una experiencia interior inefable, imposible de contar con palabras. Pero el autor bíblico la describe adornada con voces divinas, luces celestiales, caídas estrepitosas, ceguera, para exponer de algún modo lo que nadie es capaz de comunicar.
En realidad la experiencia paulina fue semejante a la de muchos de nosotros. Seguramente nuestra propia vocación cristiana fue también un encuentro grandioso con Jesús resucitado. Pero no oímos voces extrañas, ni vimos luces maravillosas. Y por eso no la solemos valorar. Y muchas veces languidece anémica en algún rincón de nuestra vida diaria.
Por eso hace bien reconocer que tampoco Pablo vio nada de aquello. Que no nos lleva ventaja alguna. Recordarlo, y pensar luego en la cantidad de veces que podemos experimentar a Jesús resucitado en nuestra vida, puede ser la ocasión para animarnos a hacer cosas mayores que las que hacemos ordinariamente. Como las que hizo Pablo.


       Eduardo Carreño C. – Secretario Pastoral – Parroquia San Gregorio

Parroquia San Gregorio  
Avda. Cardenal Raúl Silva Henríquez N° 8220
P_sangregorio@hotmail.com - Fono: 225254087

Correo 15 – Casilla N° 35 – La Granja

lunes, 10 de marzo de 2014

LLAMADOS A SER DISCÍPULOS MISIONEROS

Reflexión personal: Una dimensión un poco olvidada de nuestro ser cristiano.

Si viviéramos como enseña Jesucristo, nuestro mundo sería muy distinto. Sí; nuestros hogares, la relación con nuestros familiares y amigos; la vida de nuestra cuadra o del barrio o del edificio; el ambiente en nuestro trabajo; el mundo de los negocios, de la política o del servicio social serían muy distintos.

Si yo me siento, valorado y querido, me siento muy bien. Si yo respeto, valoro y muestro afecto a las personas con las que convivo, a ellas les pasa lo mismo.
Según el relato bíblico, a Adán y Eva les pasaba eso en el Paraíso. Dios estaba con ellos, ellos estaban con Dios. Por eso, con alegría, se respetaban, valoraban y querían.
Se sentían muy a gusto. Hasta que... se dejaron seducir por quien les ilusionó con ser como dioses. Y, con eso, entró la desconfianza, el aprovechamiento, la mentira, la codicia, la indiferencia, la falta de fe en Dios, la flojera y una larga lista de actitudes que destruyen las relaciones humanas. Ya no resultó fácil vivir la fraternidad que nace de la conciencia de ser todos hijos del Padre Dios.

Jesús también vivió la tentación de realizar su misión superficialmente usando su poder en forma espectacular. Y fue tajante en optar por el camino del amor que su Padre le indicaba. Por eso, se entregó a sus hermanos, en especial a los más pobres, en el servicio real de todos los días.

Los que somos sus discípulos estamos invitados -o mejor dicho, enviados en misión- para reconstruir este mundo tan poco humano en que vivimos. No somos cristianos para nuestro egoísta bienestar espiritual. Somos discípulos misioneros, enviados para construir con los criterios de Jesús nuestra sociedad, nuestro mundo de todos los días, adelantando el Reino.  

En este tiempo de Cuaresma, tiempo de conversión, nuestra Iglesia de Santiago nos invita a todos a reflexionar seriamente sobre esta dimensión esencial de nuestro ser cristiano.

Date un tiempo para pensar: ¿Cuál es hoy tu misión más urgente en tu casa? ¿Y en tu trabajo o lugar de estudio? ¿Y en tu barrio?

Vicaría General de Pastoral
  Arzobispado de Santiago

lunes, 18 de noviembre de 2013

Mes de María

Te invitamos a rezar el Santo Rosario en torno a María nuestra Madre.
"María al igual que Tú, queremos ser Discípulos y Misioneros de Jesucristo"
Lunes a Viernes de 20.00 a 21.30 hrs.
Capilla Jesús de Nazaret
Avda. San Gregorio N° 0893 - La Granja

sábado, 12 de enero de 2013

BAUTISMO DEL SEÑOR

Con el Bautismo del Señor termina el Tiempo de Navidad, que habíamos iniciado el año pasado, el primer domingo de Adviento. 

Mañana comienza el Tiempo Ordinario del año litúrgico.

Esta fiesta, en línea con la Navidad y la Epifanía, celebra la manifestación de Jesús al inicio de su ministerio. 

Unámonos a la Iglesia en su alegría.

domingo, 6 de enero de 2013

CREER EN TIEMPOS DE PROFUNDOS CAMBIOS

El Concilio dio inicio a la renovación interior de la Iglesia y a una mayor apertura al mundo y a las religiones. El papa Juan XXIII anunciaba, por entonces, la primavera de la Iglesia. En tiempos que se profundizaban aún los cambios, las intenciones de Benedicto XVI van por ese camino. Desde el año 1962 hasta la fecha, los tiempos y las circunstancias siguen cambiando. Surgen nuevos problemas: el surgimiento de iglesias independientes, las controversias por la falta de coherencia, los que pretenden regresar atrás en la apertura, los avances científicos y el cambio de época, etc.
La Iglesia, como comunidad de fe, siempre debe preguntarse: ¿Que piensas de ti? ¿Cuál es tu misión? ¿Qué dice la gente de ti? Cuando es capaz de hacerse preguntas se allanan los caminos para que el Espíritu Santo siga soplando.
En la convocación al Año de la Fe, el Papa invita a una renovada conversión al Señor y a una adhesión vigorosa al evangelio, en tiempos en que se profundizan cambios en la cultura, Además, el Pontífice indica la necesidad de unir la fe con los contenidos, a descubrir la fe como un don de Dios, y a la vez como una respuesta humana, en la profundidad del propio ser, y a no tener miedo a comprometerse públicamente con lo que se cree. Durante este mes, las Escuelas de Verano servirán para profundizar en la vivencia de la fe y prepararse a proclamarla. 
Finalmente, como también señala el Papa, en nuestra sociedad inmersa en profundos cambios hay muchas personas que, como la Samaritana, buscan el sentido último de su existencia y de este mundo. Estos son los principales destinatarios de la misión eclesial. 
Dios nos conceda el don de la fe.

P. Martín Dolzani, ssp.   

viernes, 23 de noviembre de 2012

Almuerzo Comunitario - Pescado Frito con ......

Te invitamos a compartir un rico plato de pescado frito con agregados, el día 2 de diciembre desde las 13,00 hrs., en la Capilla Jesús de Nazaret.
San Gregorio 0893 - La Granja.  Valor $ 1.500, reserva tu plato con anticipación.
Las Serenitas de la Comisión.

martes, 6 de noviembre de 2012

AÑO DE LA FE; 2012 - 2013

Año de la Fe: Puerta para ... el reencuentro con una Persona, Cristo.

El domingo 11 de octubre de 2012, con ocasión de celebrarse los cincuenta años de la apertura del Concilio Vaticano II, hemos iniciado el Año internacional de la fe.

Que la fe nos acompañe en todos los momentos de la vida y que desde ella se renueve nuestro compromiso para convertirnos en signo vivo de la presencia de Cristo resucitado en el mundo.

¡Un año internacional vale la pena! La Iglesia se adapta a los tiempos y lugares. La fe no requiere de ruido, de propaganda. Pero el "ruido" y la propaganda de los medios puede ayudar a la fe y a su propagación Por eso dedicaremos estas lineas, a la fe que Dios ha puesto como una semilla en el corazón de todos nosotros. Una fe que tiene su fundamento en Dios y que tiene que ir madurando cada día más en todos nosotros en la medida que transformamos el mundo tal como Dios lo ha soñado.

Objetivos del Año de la fe

¿Qué sentido da el Papa Benedicto XVI a este Año de la fe? ¿Qué objetivos pretende con él? 
Pienso que la respuesta la hallaremos en los dos documentos con los que fueron convocados los dos años de la fe después del Concilio Vaticano II: el de Pablo VI (1967) y ahora el de Benedicto XVI.